Crónica: Cosechas de alma

Cosechas de Alma

Por: Mary J. Ochoa Meza.


En un rincón vibrante de la memoria colectiva, se encuentra la historia de aquellos señores que, hace medio siglo, recorrían las calles empedradas, con sus burros, carretillas y bicicletas de reparto, de un pueblo lleno de vida y color para promocionar su cosecha, hablamos de  agricultores ubicados en San Felipe, específicamente, en el actual municipio Independencia del estado Yaracuy.

Entre ellos estaba mi padre, Miguel Gerónimo Ochoa,  un señor que se dedicaba a la agricultura, era muy conocido en el vecindario por sus plátanos, cambures, granos y sus bolsas de papel fabricadas por él. Además por su transporte que eran sus burros y carretillas. En la actualidad tuviese más de 100 años de edad.

Señores que con el peso de los años no se limitaban para trabajar...

Las mañanas eran frescas, y el aire estaba impregnado del aroma a tierra húmeda y vegetales recién cosechados.

Con sus carretillas -hechas de madera y rolineras- se aventuraban a ofrecer lo mejor de sus cosechas.

Los sábados,  a partir de las 3 de la mañana llegaban con su cargamento al mercado de la calle 29, desde la 5ta avenida hasta la 4ta avenida, los cuales eran organizados por los mismos vendedores, algunos llegaban en la noche del viernes con sus productos y otros en la madrugada con sus carros de transportar sus frutos.

Los vendedores eran figuras entrañables, con rostros surcados por el tiempo y manos callosas que hablaban de largas jornadas bajo el sol.

Ellos venían de varios sectores de los municipios La Trinidad, Cocorote e Independencia, como Boraure, Las Flores, Santa María, Vijaguar, Tamanavare, de los alrededores del mercado y de otros pueblos de la localidad.f

Cada uno tenía su especialidad: don Miguel plátanos y cambures; don Camilo Meza traía tomates jugosos; doña Rosa, las más dulces naranjas y limones; y don Juan Honorio Osorio ofrecía frutas y granos que parecían contar historias en cada bocado.

Las calles de piedra eran testigos de un ir y venir constante.

Los niños corrían entre las carretillas, mientras las madres regateaban precios en un tono amistoso, sabiendo que cada centavo contaba.

 

La comunidad se unía en esos mercaditos, donde no solo se intercambiaban productos, sino también sonrisas y chismes del día.

A medida que el sol ascendía en el cielo, los colores de las frutas y verduras parecían cobrar vida.

Las auyamas brillaban como pequeñas lunas amarillas.

Cada vendedor tenía su propia melodía: algunos gritaban para llamar la atención, otros simplemente sonreían y esperaban pacientemente a que los clientes se acercaran.

Pero no todo era trabajo; había momentos de camaradería.

En una esquina del mercadito, algunos señores se sentaban a compartir historias sobre la cosecha del año anterior o sobre cómo lidiar con las inclemencias del tiempo.

Era un espacio donde la sabiduría se transmitía de generación en generación, donde los jóvenes escuchaban con atención los relatos de sus mayores.

Actualmente el sitio es una doble vía donde al frente está el edificio de la Alcaldía de Independencia.

En aquellos tiempos, la jurisdicción de Independencia carecía de un mercado municipal formal; en su lugar, eran estos hombres de antaño quienes tejían con esfuerzo y dedicación las redes del comercio, organizando un bullicioso intercambio que resonaba en las calles.

Así pasaba el día entre risas, aromas frescos y un sinfín de colores.

Las carretillas volvían a casa cargadas solo a medias, pues la generosidad de los agricultores siempre encontraba una forma de compartir lo que tenían con el pueblo.

Y al caer la tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas, cada vendedor regresaba a su hogar con el corazón lleno y la esperanza renovada para la próxima jornada.

Los vendedores en bicicletas de reparto también son historia, como lo fue don Antonio Márquez que vendía nepe, maní,  ajos, cebollas, velas de grasos y su especialidad:  elaborar tabaco a partir de sus hojas.

Esa era la vida hace... casi 50 años: sencilla pero rica en conexiones humanas, donde las cosechas no solo alimentaban cuerpos, sino también almas...






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